viernes, 3 de enero de 2014

"Encontré toda la ciudad de Viena ahogada en el frenesí"


Copio la segunda parte de mi post La I Guerra, una especie de Olimpiada...

Al día siguiente, ya en Austria (de regreso de Flandes), Zweig cuenta:

En cada estación, colgaban los anuncios que llamaban a la movilización general. Los trenes se llenaban de jóvenes reclutas, ondeaban las banderas y se escuchaba el bramido de la música. "Encontré toda la ciudad de Viena ahogada en el frenesí". Al temor primero ante la guerra que nadie había querido (ni el pueblo, ni el gobierno, ni los diplomáticos... (p. 257), había dado lugar a un reprentino entusiasmo.

En las calles se formaban grupos y flameaban banderas, bandas y música por todas partes. Los jóvenes reclutas marchaban hacia el triunfo. Sus rostros iluminados, por los gritos de júbilo que les lanzaban, a ellos, al pequeno hombre común, al que, de ordinario, nadie hacía caso, ni festejaba.

En honor a la verdad, tengo que reconocer que este despertar de las masas hay algo grandioso, arrebatador e incluso seductor/tentador, del que era muy difícil sustraerse.

Y pese a todo mi odio y desprecio hacia la guerra, no me gustaría de mi memoria estos días. Miles y cientos de miles sentían, en ese momento lo que nunca antes habían sentido en tiempos de paz: que ellos tenían algo en común, el sentido de la pertenencia, que pertenecían al mismo grupo... Una ciudad de dos millones, un país de casi 50 millones sentían, en ese momento que vivirían, protagonizarían la historia... Todas las diferencias de estado, de lenguas, de clase, de religión estaban demás en ese momento de intenso fluir del sentimiento de hermandad. Desconocidos se hablaban en la calle. Personas que, durante mucho tiempo se habían evitado se daban la mano. En todas partes se veían rostros vivos. Cada uno sufría una elevación del yo. No era más el hombre aislado que había sido; estaba dentro de una masa, era un pueblo y su persona -por muy insignificante que hubiese sido- tenía un sentido. El pequeno funcionario de correos -que todo el día sorteaba cartas-, el zapatero, había recibido, de pronto, la posibilidad romántica de su vida (p. 258): él podría convertirse en un héroe. Cada uno de los que vestían un uniforme era aclamado por las mujeres... Reconocían el poder desconocido que se levantaba más allá de su diario vivir (p. 259).

Me parece que mi traducción alcanza  a describir el ánimo con que la masa popular (y también la élite) se lanzó a la Primera Guerra... Probablemente, fue así en TODA Europa y no sólo en Austria.